Si echamos la vista atrás nos damos cuenta de que los
derechos humanos son relativamente jóvenes en comparación con la historia que
acumula el ser humano como especie. Parece alarmante que hasta este último
siglo no hayamos sido capaces de llegar a un consenso mínimo para los derechos
de las personas. O quizás no hay que
buscar una declaración como tal, sino un conjunto de mínimos aglutinados en un
documento.
Tanto la biblia como la torah son ejemplos claros de ello.
En el interior de estos dos “libros sagrados” podemos encontrar un sin fin de
enseñanzas, parábolas y cuentos que nos aleccionan en la justa moral que merece
nuestra sociedad. Esta moral enseñada a través de las religiones, no solo el
cristianismo y el judaísmo, son la semilla utilizada para hacer crecer los
derechos humanos. Durante más de dos mil
años de historia el vulgo ha sido educado a través de su moral, y el estado ha
convertido en leyes sus cuentos. Por tal razón tenemos en nuestros días una
declaración como expresión de esta larga tradición.
Derechos tales como “el derecho a la vida” o “el derecho al
trabajo” ya eran predicados cuando aún no se conocía la palabra derecho. Sin
embargo en 1948 fue expuesto a la humanidad como un logro actual, original y
extraordinario, cuando en realidad es la expresión laica de la moral religiosa
que durante tantos años a constreñido el tejido social.
Con esta entrada no quiero darle o quitarle importancia a la
declaración, el objetivo es exponer que el origen de la declaración no proviene
de la guillotina, sino de una larga tradición que comenzó dos milenios atrás y
que perdura en nuestros días en una forma distinta.
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